Acompañar a las juventudes en Centroamérica desde las prácticas narrativas

8 de abril de 2026

En el portafolio de Justicia Social del Fondo Camy, acompañamos el trabajo de las juventudes organizadas en Centroamérica por medio de prácticas narrativas que resaltan su camino y desafían los discursos dominantes.

Por Melissa Zamora Monge

Mi experiencia como oficial de programa del Fondo para Jóvenes de Centroamérica (Fondo Camy) me ha llevado a entender el acompañar como ir en compañía, como estar presente en el momento o circunstancia en la que una o varias personas son el centro. Es estar ahí para dar soporte y tratar de responder a necesidades imprevistas, una disposición a comprender la realidad en la que ese movimiento ocurre. Una escucha atenta desde la paciencia, la admiración y la curiosidad.

Hay un sentido profundo de comunidad en el acompañamiento. Acompañar es afirmar que ninguna persona u organización debe hacerlo todo por sí misma, que lo que viven y construyen es importante para quienes vamos al lado.

Es a partir de esta comprensión que desde el portafolio de Justicia Social acompañamos para fortalecer la sostenibilidad de organizaciones de jóvenes feministas, afrodescendientes, indígenas, LGBTIQ+ y migrantes en Costa Rica, Honduras, Guatemala y El Salvador que, a su vez, acompañan a otras personas y comunidades frente a sistemas de opresión y discriminación. Ellas acompañan y nosotras las acompañamos.

Abrimos espacios para el intercambio de saberes y la colaboración. Les apoyamos en la narración de historias sobre su trabajo y en la participación en espacios de discusión estratégica que amplifiquen sus agendas en favor de la igualdad y el reconocimiento de identidades diversas.

Si tuviera que pensar en un objeto que explique la acción de acompañar, pensaría en un bolso tejido, de muchos colores, de esos que usamos para ir al mercado. Un objeto que se lleva puesto, es cercano y práctico. Adentro se pone lo que se necesita, porque sostiene. No tiene una forma rígida: si el contenido es pesado, el bolso se estira; si es ligero, se encoge.

Nuestra forma de acompañar es como ese bolso. No impone una estructura, sino que adapta su forma a las necesidades de las organizaciones. Es un tejido resistente y la suma de muchos hilos. Si uno se tensa, los demás reparten el peso. Porque acompañar es armar una red de contención para que lo que pongamos en el bolso no se desparrame en el suelo. Eso sí, como todo bolso, el acompañamiento tiene límites, aunque no pueda contenerlo todo, sí puede ayudar a que la carga sea más fácil de llevar.

En los últimos meses, las prácticas narrativas se han convertido en una de las formas en las que, para mí, el acompañamiento ha ido tomando cuerpo. Este enfoque de trabajo para acompañar a otras personas desde espacios comunitarios, organizativos o terapéuticos, desarrollado por Michael White y David Epston, creadores de la terapia narrativa, plantea que nuestras identidades están compuestas por múltiples relatos, nunca uno solo, y que los discursos dominantes suelen ensombrecer las historias de resistencia y esperanza que también hacen parte de quienes somos.

Además, este enfoque sostiene, entre otras cosas, que las personas, grupos y comunidades somos expertas en nuestras vidas. Con estas premisas, las prácticas narrativas le dan estructura a acciones que ya realizaba: escuchar, hacer preguntas, documentar y vincular. También me permiten abrir conversaciones en espacios de confianza en los que las organizaciones comparten historias en las que reconocen sus habilidades y la interconexión que sostiene su trabajo.

Las historias que las organizaciones han ido hilando, con nuestro acompañamiento, pero desde sus propias palabras, validan su crecimiento, su capacidad de adaptación y creatividad. En ellas nombran las relaciones de reciprocidad que las fortalecen y las perspectivas que alimentan su presente y sus ideas de futuro.

Apoyarme en las prácticas narrativas para acompañar me ha llevado a enlazar una historia con otra y otras, hasta reconocer la interconexión y la colaboración como un hilo común. En ellas veo una constelación de relatos que desafían los discursos dominantes que nos empujan al individualismo. Me recuerdan otro principio de las prácticas narrativas, que la identidad es un acontecimiento colectivo.

Hace unos días escuché que “no podemos dejar que la opresión escriba la única historia ni permitir que tenga la última palabra”. Yo agregaría “la opresión y el autoritarismo”. Porque contar historias sobre lo que hacemos tiene el potencial de movilizarnos y hacer eco de nuestro compromiso con los derechos humanos y la igualdad en Centroamérica.

Mi deseo es que podamos seguir contando historias sobre cómo nos construimos en lo común y desde la colaboración, porque es precisamente en ese ir en compañía donde el acompañamiento deja de ser una palabra frecuente y se convierte en una práctica cotidiana de transformación que sigo aprendiendo a habitar.